Catar o no catar

Guardamos en nuestro interior otro interior que se mueve “como amado” hacia fuera. Pienso en aquello que entendemos por “alma”. Ese interior único de cada persona se aferra, entre otras varas (sinécdoque también de la vid), a la sed como expresión de búsqueda de la alteridad, un salir de su ensimismamiento. Saciar la sed encuentra en el vino su metáfora, pues los vinos de verdad están vivos y tienen alma. No huyan porque hoy me ponga seria, no hay drama ni por asomo, solamente que mi heterónimo anónimo (uno de tantos) se adueña del teclado cuando bajo la guardia. ¿Catar o no catar? that is the question.

Lo que resulta frágil es que alguien quiera capturar con palabras algo que se desvanece y deja de existir en el momento del consumo, uno no escribe, ni teoriza, ni puede pretender fundamentar una experiencia intransferible. Los místicos se trabajaron mucho ese tema. Cómo contar un éxtasis. Cada botella de vino es distinta. Rafael Chirbes, En la orilla, ed. Anagrama, 2013.

Sí, cada botella es distinta porque lleva en su interior el alma de un paisaje junto con aquella del intérprete o mediador de sus cepas. Cada vino es un relato, cuenta una historia hecha de uvas, y no de palabras. El acto de beber supone escuchar esa historia, salir a un encuentro. El vino es un placer místico, valga la paradoja, y también intelectual. De ahí el demonio de la cata, mi hartazgo de la descripción, ¿qué necesidad hay de ello fuera del contexto profesional? El vino se bebe, se comparte, se vive, te emociona o no. Entonces una se da cuenta de que, ni aun transformada en Teresa de Jesús, difícilmente encontraría una imagen en palabras vehículo de esa emoción. Porque al hablar de un vino verdadero, la pobreza del lenguaje comunicativo se acentúa.

Catar sin palabras
Uva de vida

Carmen

Un ejemplo

:Carmen y Luis, coraje y sensibilidad en los vinos de Uva de vida, la graciano.

:Mario y Ana, la uva zalema en manos visionarias, Bodegas y viñedos Garay.

Alma y paisaje. Honestidad, valentía y tierra. Probad sus vinos, hay algo mágico. ¿Pueden traducirse en los términos conservadores de la cata?

Bodegas y viñedos Garay

Mario

La cata por venir tiene la misión de sacudir los cimientos de la cata misma, de recuperar la dicha de catar: contracatar. Aprender a ver, nos dice Mohammed Bennis en un poema, “cómo se despliegan las señales escondidas en el vino”, aprender a escuchar, a sentir, para perfilar con el tiempo un lenguaje mediante el cual compartir las emociones que un vino en concreto despierta. ¿Y si el modo de hacerlo fuera a través de un tema musical, un poema o un cuadro próximo a nuestra experiencia? Más sinestesia y menos descripciones de flores y frutas (ya vengan de levaduras añadidas, la uva, el proceso fermentativo…) cuando la mayoría de los consumidores no se interesa en descubrir el porqué de esos aromas, su procedencia, por qué están ahí y no son otros. Y menos números que no sabemos a dónde apuntan (moda, industria, publicidad, intereses varios). Mientras tanto, bebamos, saboreemos, expresemos con nuestro rostro ese otro rostro del vino que compartimos.

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