¿Será syrah? Un caso neozelandés

Syrah sí, syrah no, conste de entrada mi respeto por el quehacer vinícola neozelandés y los momentos deliciosos que estas islas me han regalado. Hablo, por citar solo algunos ejemplos, de los vinos del director de fotografía Seresin quien, cine aparte, se dedica a la uva con acierto. He bebido con fruición sauvignon blanc y pinot noir, las dos variedades de referencia en Nueva Zelanda, de diferentes rangos de precio que ofrece su bodega. Leah, Momo, Rachel… salivo los nombres de sus vinos tan solo con pronunciarlos.

Mi interés por este país productor del Nuevo Mundo (sí, suena obsoleto, pero así se sigue denominando a Australia, Sudáfrica, EEUU… lugares que no poseen la tradición vinícola de Europa o el “Viejo Mundo”. Sí, así de obsoleto también) me llevó el otro día a la Unión Española de Catadores para participar en una cata que prometía: “Syrah de Nueva Zelanda: la singularidad de una cepa universal”.

Qué será, será

Aquí van mis datos, previos a la cata, respecto a la uva syrah en Nueva Zelanda: representa un porcentaje mínimo de las plantaciones en dicho país, incluso tratándose de la tercera variedad tinta más plantada. Se halla principalmente en Auckland y, especialmente, en Hawke´s Bay, la zona más cálida de Nueva Zelanda, por tanto, propicia para madurar esta uva, y de donde vienen cinco de las seis muestras catadas. Supuestamente allí se elaboran vinos más cercanos a los del Ródano, en Francia, que a los de Australia con Barossa Valley a la cabeza. No esperaba encontrarme ni una botella que me recordara a aquellas maravillosas de Côte-Rôtie, ni Hermitage, ni siquiera a las de Saint Joseph o Crozes-Hermitage… Pero mis expectativas recibieron un golpe en forma de vinos muy básicos, de mezcla de distintos viñedos, que podían ser cualquier cosa menos syrah (no quiero dar una definición del estilo de los vinos elaborados con esta variedad, por no caer en globalizaciones que poco aportan, y porque ya he hablado de dicho estilo antes). Cualquier cosa, insisto. Por su color: pinot noir de Borgoña o corvina de Valpolicella. Por su olor a pirazinas: cabernet sauvignon poco madura. Por su acidez, probablemente modificada, cualquier tinto muy lejos de los elaborados con una variedad mediterránea como lo es la syrah. Por la presencia pronunciada de la madera: un vino joven ligero poco apto para la crianza en barrica o, en el peor de los casos, duelas o chips o como queramos llamar a esa forma baratilla de añadir características del roble a los vinos económicos.

En definitiva, vinos bastante intervenidos, poco expresivos, desequilibrados… Y con una pésima relación calidad-precio. Y vuelvo a señalar, he catado ejemplares neozelandeses por ese precio (16€-18€) muy interesantes… y gallegos también, incluso más. Así es como una cata que pretendía abordar la singularidad de una cepa, acabó por constatar que el ejercicio de la cata en manos del consumidor final puede ser un arma contra la mediocridad. Sabemos beber y saborear. Somos los compradores los que tenemos que exigir vinos buenos.

A contracata

El director de la cata, moderado en todo momento, aportó líneas de debate, invitó al diálogo y supo convertir la adversidad en una oportunidad para la reflexión colectiva. Entre varios aspectos, comentamos:

La búsqueda de un estilo propio. Efectivamente es un esfuerzo a valorar, pero hasta qué punto la homogeneización del gusto limita al consumidor la opción de decidir, pienso yo. Y me pregunto qué resultará de este cuerpo a cuerpo entre los vinos de terroir y aquellos protagonizados por la mano del hombre que aspira a uniformar estilos. El pasado martes estuve en una cata de vinos de Borgoña, Côte de Nuits, y nada tenía que ver uno con otro, claro ejemplo de respeto por la tierra.

¿Uso del tapón de corcho o el de rosca característico de Nueva Zelanda?, pensado este último para vinos de pronto consumo, no para la guarda. El debate viene ya de hace tiempo, lo trataré en otra ocasión, pero me posiciono: corcho, aunque el advenimiento de la rosca a veces parezca inminente.

¿Qué necesidad hay de cultivar la uva syrah en determinadas zonas? Tampoco sería justo sacar conclusiones, pues no tuvimos acceso en esta cata a vinos de las mejores parcelas de Hawke´s, como era de esperar. No obstante, hablamos de la descabellada sucesión de tendencias y la facilidad con la que clones y portainjertos favorecen las modas, en detrimento muchas veces de la calidad.

Y en este punto considero a España un elaborador del Nuevo Mundo, cuando descuida sus pagos y sus variedades autóctonas para rendirse a las modas que globalizan el gusto. Está visto que de estos países lamentablemente no aprendemos lo mejor, cosas como su capacidad de comunicación o proyección internacional que tanto bien nos harían. ¿Realmente esto último se contradice con la conservación del terroir en nuestra geografía? Tampoco quiero generalizar, afortunadamente, al margen de las marcas, cada vez son más los elaboradores y bodegas que optan por el vino artesano y con personalidad. Cata y contracata ya ha dado fe de ello ¿o no? y habrá más ejemplos, sin duda.

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